
Cuando cuento que la mañana de cosecha es parte del viaje, la mayoría se imagina la postal típica: pisar uvas descalza para la foto. No es eso.
Salimos temprano, antes de que apriete el sol, con la misma gente que trabaja el viñedo todos los días. Se corta racimo por racimo, se carga el canasto, y se aprende a mirar la fruta como la mira alguien que vive de eso — cuándo está lista, qué se descarta, por qué este año la cosecha viene distinta a la del año pasado.
No es una actividad armada para turistas. Es la mañana real de un viñedo en producción, y nosotras estamos ahí porque nos dejan estar, no porque compramos una entrada.