
Cada vez que armo un viaje me preguntan si no conviene sumar más gente — se cubren mejor los costos, queda más margen. Y la respuesta es siempre la misma: no.
Un grupo de diez se siente como una junta de amigas. Uno de veinticinco ya es una excursión, con horarios fijos y alguien contando cabezas antes de subir a la combi. Ese no es el viaje que quiero armar.
El cupo chico no es una traba — es la razón por la que cada viaje sale distinto, y por la que la gente que viaja sola termina volviendo con amigas nuevas.