
La primera vez que fui a Mendoza sola, terminé en una clínica de bienestar que maneja una mujer de la zona, casi de casualidad. Salí distinta de como entré, y supe que tenía que ser parte del viaje.
No es un spa de hotel con aromatizante genérico. Es un espacio chico, pensado para bajar un cambio de verdad, en un momento del viaje donde ya recorrimos, ya cosechamos, y el cuerpo pide una pausa real antes de seguir.
Lo sumamos al itinerario del día 3 a propósito — ni al principio, cuando todavía estás acelerada del viaje, ni al final, cuando ya estás pensando en volver. Justo en el medio, cuando más se agradece.